Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre
Venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Y no nos metas en tentación, más líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder y la gloria, por todos los siglos, Amén.
Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial
Mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Pedid, y se os dará; buscad y hallareis, llamad, y se os abrirá.
Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca halla; y al que llama, se le abrirá.
Que hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿o si le pide un pescado, le dará una serpiente?.
Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿Cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?
Velad y orad, para que no entreis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es debil.
Orad sin cesar.
La oración eficaz del justo puede mucho.